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"Reír tiene el riesgo de parecer tonto.
Llorar, el de parecer sentimental.
Destacarse puede significar quedar comprometido.
Mostrar los sentimientos puede dejar al descubierto lo que somos.
Exponer ideas y sueños al gran público puede acarrearnos desilusión.
Amar tiene el riesgo de no ser amado.
Estar vivo significa que algún día moriremos.
La esperanza puede terminar en desesperanza y fracasar.
Pero hay que correr el riesgo,
Porque la derrota más grande proviene de no tomarlo.
La persona que nada arriesga, nada hace y nada tiene.
Se puede evitar el sufrimiento y la ansiedad,
Pero también se cierra la posibilidad
De aprender, sentir, cambiar, crecer, amar y vivir.
Encadenarse a la certidumbre es convertirse en esclavo.
Sólo la persona que arriesga es Libre."
Anónimo.
Los instintos construyen respuestas para los animales, pero los seres humanos necesitan aprender cómo responder en sus culturas, sus organizaciones, en sus países y familias. Construyen su comprensión del mundo basándose en su experiencia, y la van cambiando en la medida que van experimentando nuevas y diferentes maneras de interactuar con él. Toda persona cuenta con su propio ‘modelo’ del mundo, y por “modelo” entendemos “la representación interna organizada y dinámica” que sobre el mundo tiene cada cual.
Teniendo en cuenta que las personas no responden al mundo de “fuera”, sino a su propio mundo interno (mapa) se puede comprender la gran importancia que tiene el que les convenga ocuparse de que éste último permanezca actualizado mediante nuevas experiencias, nuevas vivencias y nuevos aprendizajes que les hagan sentirse cada vez un poco más completas.
Recuerdo cuando iba a la escuela de primaria que mi compañera de pupitre me cogía mis lápices de colores, y un buen día, enfadada, le pregunté: “¿Por qué no usas los tuyos?”, a lo que respondió con un gesto de obviedad aplastante: “Porque están por estrenar”. Esta suele ser la actitud de algunas personas, o de todas las personas en momentos puntuales de sus vidas, de querer embellecer y comprender su mundo mediante las vivencias y los talentos de los otros, sin arriesgarse a exponerse con los suyos propios.
La vida que realmente vale la pena ser vivida depende en gran manera de los propios errores. Muchas veces las personas se aferran a la “experiencia” ajena, a la de los que más “saben”, con la idea ilusoria de que ello le va a salvar de equivocarse, del ridículo, del fracaso o del sufrimiento, y, aunque, ciertamente, oír sabios consejos puede ser muy motivador uno ha de exponerse a la posibilidad de fracasar si quiere alcanzar el éxito. Si existiera una fórmula infalible para lograr la felicidad, el éxito, el amor…, habría un motivo más – y muy poderoso- para que los humanos se continuaran matando entre si. Todos querrían poseerla. Pero una cosa es poseer la fórmula y otra es desarrollarla. Una cosa es tener una receta de cocina y otra es cocinar. Una cosa es teorizar sobre cómo vivir la vida y otra cosa es vivirla. Uno puede escuchar sabios consejos de sabia gente ¿y luego?
Como bien dijo Confuncio “Si veo, olvido. Si oigo, recuerdo, y solamente haciendo aprendo”.
La opinión de los demás es buena si lo tomas como recogida de una información que puede resultar interesante tanto si la utilizas como sino, pero es absolutamente erróneo pretender usarla como un seguro a todo riesgo. Nadie te va a saber decir que es lo más conveniente para ti, nadie tiene esa “peligrosa” receta que permite vivir la vida sin riesgos. Porque, entre muchas cosas, las personas responde a las nuevas situaciones basándose en lo que ya saben, en lo que ya tienen, de poco sirven las pinturas ajenas por muy gastadas y experimentadas que estén. Si uno no “estrena” sus propios talentos para explorar el mundo, si no se expone a él y si no se arriesga a participar en él, puede ser que poco a poco empiece a sentir- y cada vez con mayor fuerza - esa sensación de vacío que la futilidad despierta.
María A. Clavel
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