Desde una perspectiva transpersonal, las diferentes “psicologías del ego” son, en realidad, estudios de la ilusión, ya que el ego representa una identidad restrictiva que oculta el potencial humano más amplio (Más allá del ego, VV. AA., Kairós).

A partir de esta definición, podemos decir que el ego supone una interpretación reducida de nuestra identidad, ya que en realidad somos seres mucho más completos. No es más que una “distorsión” que construimos sobre nosotros mismos: una imagen empobrecida y altamente vulnerable ante amenazas y contradicciones.

A menudo, las llamadas “personas tóxicas” se relacionan desde el ego: las relaciones disfuncionales se crean desde él, y la comunicación manipulativa —más allá de las palabras hirientes— también se lleva a cabo desde esta misma instancia.

Así pues, si el ego supone una distorsión reducida de nuestra identidad más completa, su manera de expresarse y comunicarse con el mundo —y también consigo mismo— puede sufrir el mismo tipo de “restricciones”. ¿Cómo podemos saber que alguien se está comunicando y relacionándose desde el ego? Algunas señales pueden ser:

  1. Impone su postura frente a las diferentes perspectivas de un grupo.

  2. Busca tener siempre la razón y la aprobación constante de los demás.

  3. Se muestra inflexible ante otros argumentos, ideas o puntos de vista.

  4. Le cuesta aceptar las críticas, incluso las constructivas.

  5. Busca la confrontación y la disconformidad de manera habitual.

  6. Acapara la conversación o la reunión durante un alto porcentaje del tiempo.

  7. Busca culpables y le cuesta reprimir el impulso de señalar a otros cuando no cumplen sus expectativas.

Pero, como decimos en PNL, toda conducta tiene una intención positiva. En este caso, el ego cumple una función protectora: cuando se siente amenazado, activa ciertos mecanismos de defensa:

  • Negación: “Eso no ocurrió.” Le cuesta reconocer sus errores o conductas improcedentes, a menudo basándose en una interpretación errónea de estos. Tal vez no mienta: sencillamente se le olvida o no lo considera un error.

  • Proyección: “El problema lo tienen los demás.” Tiene habilidad para echar balones fuera y le cuesta asumir la responsabilidad de sus actos. Al ego herido le cuesta aceptar que tenga problemas o que pueda necesitar ayuda: los problemas son de los demás.

  • Racionalización: “En realidad no me importaba.” Tiende a racionalizar su postura construyendo explicaciones aparentemente lógicas para justificar pensamientos, emociones o conductas cuya verdadera motivación le resulta difícil, dolorosa o inaceptable reconocer. Prefiere mostrar indiferencia antes que conectar con el dolor o la frustración que le supone una situación.

  • Desvalorización: “Esa persona no vale la pena.” Menosprecia la actitud, las ideas, la postura o los logros de otros con el fin de proteger su autoestima o disminuir el impacto emocional de una situación.

  • Agresividad u hostilidad: ataca para no sentirse vulnerable. Es una respuesta emocional y conductual que puede surgir para protegerse, competir, poner límites, responder a una amenaza o expresar frustración.

Las personas movidas por el ego no buscan el conflicto: lo crean. El “ego herido” crea el caos y se alimenta de él: busca la confrontación, la humillación y la discordia como una manera de ser y estar en el mundo. Usa un lenguaje manipulativo, cuestiona o critica a un miembro del equipo delante de los demás, señala la culpa ajena y fomenta el miedo colectivo. La frustración de no llevar la vida deseada lo conduce a un sentimiento de impotencia, de resentimiento contra el mundo y de rencor. Es fácil, pues, que lleguen a adquirir una actitud iracunda ante la vida y que, con la expresión de su ira, inculquen la culpa a través del reproche e instauren el miedo a través de la amenaza. Estos patrones no son más que una estrategia: al fin y al cabo, lo que busca el ego es tener el control y el poder sobre los demás porque es incapaz de mantener el control y el poder sobre sí mismo.

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