No todas las decisiones tienen el mismo peso. No es lo mismo decidir qué cenar o qué película ver en el cine que plantearse un cambio de trabajo, poner fin a una relación o comprar una vivienda.
Las decisiones cotidianas suelen tener consecuencias limitadas y de corta duración. Elegir una cena poco adecuada, por ejemplo, puede provocar una mala digestión y hacer que pasemos una noche incómoda. Sus efectos, por lo general, terminan ahí.
En cambio, las decisiones de mayor envergadura tienen un impacto mucho más profundo. Sus consecuencias pueden influir en nuestro futuro —tanto inmediato como a largo plazo—, afectar a diferentes ámbitos de nuestra vida y repercutir también en las personas de nuestro entorno. Son decisiones que, inevitablemente, marcan un antes y un después en nuestra historia personal.
Por este motivo, en Programación Neurolingüística (PNL) hablamos de tomar decisiones de forma ecológica, un concepto inspirado en el modelo desarrollado por Gregory Bateson, biólogo, antropólogo, científico social, lingüista y pionero de la cibernética.
Según Bateson, la mente no es un fenómeno aislado, sino un sistema de relaciones que integra nuestro cuerpo, nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestras conductas, las personas con las que nos relacionamos y el entorno en el que vivimos. Desde esta perspectiva, ninguna decisión afecta únicamente a un aspecto de nuestra vida: cualquier cambio repercute, en mayor o menor medida, sobre el conjunto del sistema.
Por ello, actuar y decidir de forma ecológica significa evaluar el impacto que una decisión tendrá tanto en nuestro mundo interior como en el exterior. Implica preservar el equilibrio entre nuestras emociones, nuestros valores, nuestras necesidades y nuestros objetivos, sin perder de vista cómo esa elección afectará a nuestra familia, a nuestras relaciones, al trabajo y a los demás ámbitos importantes de nuestra vida.
En definitiva, tomar decisiones ecológicas consiste en evitar contradicciones internas y conflictos innecesarios, buscando la mayor coherencia posible entre lo que pensamos, sentimos y hacemos.
Pensar y actuar de manera ecológica requiere desarrollar una visión sistémica: la capacidad de contemplar las consecuencias presentes y futuras de nuestras decisiones, tanto para nosotros mismos como para las personas que nos rodean. Solo cuando somos capaces de considerar el conjunto del sistema podemos tomar decisiones más conscientes, coherentes y sostenibles en el tiempo.
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